JUAN ARIAS
º¿Es verdad que España e Italia son dos
pueblos tan semejantes? Así lo piensan muchos. Por mi parte, tras haber
pasado casi la mitad de la vida en Italia, cada día estoy más
convencido de que, al revés, somos dos pueblos profundamente distintos.
Casi en todo, si se exceptúan el sol, las naranjas y el aceite, magníficos, por cierto,en ambos países.
Lo que a muchos engaña, casi como un espejismo, es la simpatía y
atracción casi instintiva entre los hijos de Dante y de Cervantes. Pero
podría ser muy bien que el motivo de tal atracción consista precisamente
en esa diversidad que nos distingue. Para probar la atracción recíproca
suele alegarse que son dos pueblos latinos. Pero latinos son también
los franceses, y no es lo mismo. 0 que somos mediterráneos, pero hija de
ese mar es Grecia, y también con dicho país las cosas son distintas.
Pero, exceptuada esa atracción curiosa que podría tener como explicación
una virtud común. de saber acoger a los demás, en el resto somos dos
países muy diferentes.
Se ha llegado a creer que españoles e italianos se entienden en
seguida sin haber estudiado antes los respectivos idiomas. Nada más
falso. Son dos lenguas que no se
pueden entender ni menos hablar si no se estudian a fondo. De hecho,
todos los hombres públicos de ambos países acaban echando mano del
intérprete.
Otra cosa que puede engañar es que Italia es quizá el único país del mundo
con tal capacidad de aceptación y tan escasos sentimientos chovinistas
que basta que sepas 10 palabras de su lengua para que te piropeen
diciéndote que la tablas divinamente. Pero ambos idiomas son tan
distintos como la gente que los habla. Una vez fui testigo en la trattoria
romana La Toscana, en la Fontana de Trevi, de algo muy curioso y
sintomático. Un español recién llegado de Francia se quejaba del
carácter antipático de los franceses, y me decía: "Aquí da gusto, te
entiendes en seguida con la gente". Y mantuvo una larga conversación con
un camarero, entre risas y palmotadas en la espalda e intercambio de fotos
y de señas. Pero de lo que no se enteraron fue de que durante todo el
tiempo el español hablaba de un tema y el carnarero de otro. Entenderse
ni pío, pero salieron convencidos de que habían hablado de lo mismo. Si
Camilo José Cela pudo decir hace poco en Roma que el castellano es como "un toro enfurecido", el italiano está a mil
leguas de distancia de tal furor taurino, ya que recuerda más bien el
retozar de un corderillo en el campo.
Hay palabras españolas que a los italianos les suenan como latigazos, empezando por cabrón. Qué tragedia para un italiano la jota o la ge, o la zeta. Tengo amigos que desde hace 15 años siguen llamándome Kuan.
Imagínense si me llamase Jorge. Hay palabras, como cincel, o zancajear,
o zurriagazo, que son chino cuando las pronuncia un italíano, como es
casi imposible que un español consiga pronunciar correctamente el nombre
del gran escritor sicialiano Sciascia. Además, el italiano usa
infinitamente más que nosotros la metáfora, la metonimia, el eufemismo y
todo tipo de figuras retóricas. Nunca, son los italianos
lingüísticamente tan drásticos como los españoles cuando tienen que
ofender o defenderse o dar órdenes o condenar.
Pero no es sólo la lengua. El español es radical y drástico casi en
todo: actitudes, expresiones... El italiano es posibilista y
conciliador. El español se rompe, el italiano se dobla. El carácter
hispano está hecho de acero; el italiano, de goma. Aquí la gente se
pelea con las manos abiertas, y entre nosotros, con los puños cerrados.
Italia es el país de la diplomacia. La vaticana nació aquí y sigue
siendo insuperable. En ella se enseña que nigún sí ni ningún no deben serlo nunca definitivamente. Por eso, para un italiano todo es posible, y no exis
ten caminos sin retorno. Ni hay para ellos ley sin escamoteo, aunque
hayan sido los creadores del Derecho. Es un pueblo que soporta muy mal
la ley, y acaba creándosela a su medida. Cuando se implantó el impuesto
del valor añadido (IVA), antes de un mes había salido ya a la calle un
librito que se titulaba Los 100 modos para no pagar el IVA.
El italiano no
soporta las colas ni la disciplina, y, cuando puede, se cuela. Y. esta
astucia tiene ya un nombre en el extranjero., se llama actuar "a la
italiana".
El español es pasional; el italiano, sentimental. El
Quijote no hubiese podido ser engendrado en Roma, en Nápoles o en
Florencia, aunque Cervantes conoció y viajó por este país.
El
heroísmo como concepto no es italiano. Los héroes en este país son
siempre individuales, aunque muy numerosos en su historia. Ni el
dogmatismo ni el fanatismo, ni tampoco la intransigencia o el
nacionalismo son frutos italianos.
El machismo es español, pero es italianísimo el mammismo. En Italia casi todo tiene un cierto deje o sabor femenino, y los niños son siempre los reyes del cotarro.
Aquí
el arte tiene género femenino, y hay objetos que en España jamás
podrían ser femeninos, y aquí lo son, como el coche o el aguardiente.
Curiosamente, las flores y la miel son, sin embargo, masculinos. De las
flores, un amigo mío italiano me dijo que quizá se deba a que los
italianos las ven como "los órganos sexuales de las plantas". Y creo que
lo son.
Gustan en italiano las formas esféricas, típicas del género femenino. Redonda es hasta la pizza, y casi el número infinito de sus pastas. El balón, en italiano, es de género femenino (la palla), y también el equipo de fútbol (la squadra).
Es
muy femenino el deseo innato de agradar que tiene todo italiano. Por
eso se estrujan la fantasía, que la tienen a raudales, para que, todos
se queden contentos. En los bares puedes pedir un café hasta con 15
modalidades distintas. En el cine hay poltrona y poltronissima, que es como butaca y butaquísima. Y en el campo de los helados es ya imposible contar las variedades. Los hay hasta semifríos. Y
en ningún país de Europa hay tantos partidos políticos y con tantos
grupos distintos en el interior de cada uno como en este país. Aquí
tiene que haber siempre in finitas posibilidades de todo para todos.
Cada, italiano se siente un artista, un poeta o un inventor. Creo que es
el país con mayor número de ciudadanos que han publicado algo en su
vida, aunque sea pagándoselo de su bolsillo. O que se jacten de haber
inventado algo, o que hayan tratado de pintar alguna vez. Y el italiano
medio tiene un dominio de su lengua. muy superior al nuestro.
Llevan
en la sangre el sentido de la estética, y lo reflejan hasta en la sopa.
La belleza es el único dogma en un país que no ama las ideologías. Y
son artistas en- el arte de salir del paso. La famosa economía
sumergida, que está salvando. la crisis económica de los últimos
tiempos, no es otra cosa que un alarde de ingeniería creativa.
Sin
fantasía, este país se hubiera muerto ya de hambre. Porque es gente que
cree más en los favores. que en la justicia, en el amigo que en el
Estado, en las recomendaciones que en el Gobierno. Buscan la
recomendación-hasta en los muertos. Y la muerte es otro abismo que
separa a los dos pueblos. El "viva la muerte" es lo menos italiano que
se pueda concebir. Aquí nadie dramatiza la muerte, la remueve.
El
Viernes Santo no se nota. Les gusta la Pascua, la vida. Hay un culto
increíble a los muertos, ,pero concebidos como vivos, como intercesores.
Cuando pasa un coche de la funeraria es fácil que un español se quite
el sombrero o se santigüe. Aquí es más fácil encontrar quien hace gestos
muy expresivos, como tocar hierro o madera, u otras cosas. Aquí no se
nombra nunca en las conversaciones ni en la Prensa la palabra "cáncer",
refiriéndose a una persona enferma. Se dice que fulanito o zutanita
están mal. Se dice que están "poco bene". El místico desahogo de Teresa de Ávila "muero porque no muero" es lo más lejano a la espiritualidad de Francisco de .Asís.
En
otro campo, la envidia es .típicamente española, mileÉtras es italiana
la celosia. Y los psicólogos saben muy bien la profunda diferencia que
separa a estos dos sentimientos.
Al revés, el honor, la
caballerosidad, la fidelidad a la palabra dada. son virtudes,
típicamente españolas, mientras es italiana la pillería, la famosa furberia.
Para ellos, poder saltarse. impunemente una ley a la torera es más que
un deshonor, una hazaña. De ahí la desconfianza del turista extranjero
cuando llega a Italia. Todo ello es, probablemente, fruto de una
habilidad ancestral frente al dominador de turno. Alguien me dijo un día
que Italia era como una gran autopista por la que ha pasado medio mundo
saqueándola, y que por eso se han agudizado tanto en este país los
mecanismos de defensa.
Como es muy italiano el no de cir nunca que no. En España se dice sí, señor, en Italia señor, sí,
que es mucho más reverencial. Empezar diciendo no es para un italiano
como confesar la propia impotencia. Si el orgullo es español, el deseo
de congraciarse con el prójimo, de conquistar más amigos,de ayudarte a
salir de un apuro son todas cualidades muy italianas. Hay quien supone
que se trata de una disponibilidad interesada, ya que los italianos
tienen, como carácter, una propensión congénita a la mafiosidad,
concebida en su acepción ancestral de necesidad de padrinazgo que lo
defienda contra un Estado que siente hostil. Es, dicen, como si el
italiano intuyera en cada favor hecho un amigo y protector potenciales.
Es posible, pero, tras tantos años en Italia, confieso que si me
encontrase un día en un apuro querría tener un italiano a mi lado.
Con
un español me siento más seguro, sin embargo, cuando me jura algo. De
su palabra me fío más. Y es algo que lo siente y envidia el mismo
italiano, que suefia para su país un suplemento de seriedad,
mientras creo que el español adora, en cambio, esa elasticidad congénita
del italiano, para quien todo acaba arreglándose porque las palabrasfin
o imposible no pertenecen a su cultura, ya que en este país todo puede volver a empezar y todo puede acabar en milagro.
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